Movimiento Restauración

UNA CONCIENCIA HISTORICA, BUSQUEDA DE NUESTRA IDENTIDAD.

 

 

A. ¿POR QUE ESTUDIAR NUESTRA HISTORIA?.

Para conocer nuestra raíces, nuestra identidad. Los hombres bíblicos mismos conocían y enseñaron su historia sagrada.

Sin conocer nuestro pasado, difícilmente podremos saber nuestro futuro. Necesitamos reconocer que somos productos de la historia, de la herencia que hemos recibido de nuestros antepasados.

El que no aprende de la historia está presto a repetirla.

I Corintios 10: 1-12 (Este pasaje da una lección de historia para nosotros).

Cicerón decía: “Saber nada antes de nuestro nacimiento es quedarse niño”.

Alguien también pronunció las siguientes palabras: “Que horrible es cuando una persona pierde la memoria”.

Admitir que tenemos una herencia, nos recuerda que somos humanos, que hemos sido formados con nuestros antepasados y reconocer que Dios trabajó con la historia humana.


B. AMNESIA VOLUNTARIA.

1. Ejemplos de personas que no tenían una conciencia de conocer su pasado. Esto lo podemos ver por ejemplo cuando la Iglesia Católica de la Edad Media enseñaba que la forma como ellos adoraban era la misma como adoraban en el primer siglo. (Según ellos la iglesia en el primer siglo tenía confesionario, curas, etc).

2. Si nosotros no conocemos la historia seremos presa fácil de aquellos que quieren distorsionarla.

3. Tener una conciencia histórica significa entender que todas las cosas que han pasado no se han formado en el vacío.

4. Cuando vienen los problemas a la iglesia y hay que tomar decisiones siempre tenemos que recurrir al pasado. La herencia que tenemos ¿nos ha afectado o beneficiado?.

5. Si ignoramos la conciencia histórica perdemos las riquezas de la historia de más de 2,000 años de grandes pensadores cristianos.

6. Tener una conciencia histórica quiere decir que entendamos que todos los acontecimientos que han pasado no se han formado en el vacío. El hombre mismo ha hecho su propia historia, y Dios ha trabajado con la historia humana.

Ejemplo:

P/ ¿Por qué mi pelo es colocho y mi piel morena?
R/ La herencia de mis antepasados.


¿POR QUÉ MOLESTARSE?.

¿Qué sería de nuestras vidas sin tener la habilidad de conocer el pasado? Al perder la memoria perdemos también nuestra identidad. En una intrigante colección de estudios sobre casos médicos titulados “El hombre que equivocó a su esposa con un sombrero”, el neurólogo Oliver Stacks provee una vívida y desconcertante respuesta a la interrogante ¿Qué sería de nuestras vidas si no recordáramos el pasado?. Stacks relata sobre Jimmy, un hombre de cincuenta años de edad quien, como resultado del alcoholismo, sufre de pérdida de memoria. Jimmy puede recordar en gran detalle los eventos de su vida hasta la edad de 20, pero los años posteriores constituyen una hoja en blanco. Lo que es aún más devastador es el hecho que cuando le acontece algo, sólo lo puede recordar por unos cuantos segundos.

Imagínese. El se encuentra con una amiga, habla con ella muy emocionado, pero en unos cuantos segundos, esa persona es una total extraña. Cada mañana se levanta, se ve al espejo, y se sorprende por el reflejo del hombre canoso que le observa. Cada día Jimmy se pierde en los pasillos del sanatorio en donde vive. El no puede jugar la mayoría de juegos, ni le puede seguir la secuencia a una novela o show de televisión. Cada pocos segundos, el mundo de Jimmy comienza de nuevo.

Detrás de su carácter amigable y destreza infantil se encuentra un hombre con profunda tristeza y soledad, el cual se encuentra perdido en el tiempo.

Jimmy ha perdido su pasado, y su pérdida ha vaciado su presente y entenebrecido su futuro. La vida humana, como conocemos y compartimos, no es posible sin la memoria. Sin la memoria perdemos nuestra identidad.


EL RETO.

Lo mismo sucede con la identidad cristiana. Sin tener memoria de nuestros orígenes y principios, de las derrotas y triunfos del camino, y de la gente que ha moldeado nuestra fe, encontramos nuestra vida sin propósito, inseguro de quién somos o hacia dónde vamos.

En este estudio, exploraremos las raíces o los ancestros de las iglesias de Cristo, preguntándonos “¿De dónde venimos? ¿Cómo llegamos hasta aquí?” y finalmente, “¿Qué podemos aprender de aquellos quienes percibieron la restauración en maneras distintas a las nuestras?”. Al contestar estas preguntas ganamos una visión más clara de lo que significa ser un seguidor de Cristo, hoy en día.

Esta tarea de confrontar el pasado no es fácil, y puede ser para algunos no bienvenida.

Nos encontramos con el obstáculo de asumir que nuestras raíces están simplemente en el Nuevo Testamento. Asumimos que las sectas y denominaciones protestantes son producto de la historia, pero que nuestros orígenes vienen enteramente de la Biblia.


LA NECESIDAD DE TRADICIÓN.

Muchas veces caemos en la tentación al pensar que podemos escapar de la historia y tradición; eliminando siglos de historia y aún más, eliminando sus efectos. Tal proceso no nos permite ver nuestras flaquezas, haciéndonos pensar que somos algo que no somos y nos obliga a negar el hecho de que somos mortales moldeados por el tiempo y la cultura.

Cuando nuestros ancestros espirituales negaban cualquier complicidad en las tradiciones humanas y clamaban ser personas de la Biblia, ellos eran partícipes de una profunda y duradera ironía. En su deseo de rechazar la tradición, ellos se hacían parte de una gran tradición de historial cristiano, cuya sustancia era el rechazo de la tradición. Cuando imaginaban ser los únicos en pie, realmente se encontraban hombro con hombro con los zwinglianos, puritanos, bautistas y otros que también se imaginaban estar solos. Este libro enfoca la larga tradición cristiana creada por aquellos quienes establecían no tener ninguna tradición.


PARTICIPANTES CONSCIENTES O VÍCTIMAS INCONSCIENTES.

El reto de examinar nuestras raíces espirituales debe ser parte importante para nuestro crecimiento hacia la madurez espiritual. Jaroslav Pelikan, un respetable estudiante de tradición cristiana, provee claves sobre este proceso. El indica que todos nosotros debemos enfrentar el tomar una decisión básica. Una vez que empezamos a reconocer nuestra tradición, decidimos recuperarla o rechazarla o, en muchos casos, la recuperamos totalmente o rechazamos parcialmente. Este proceso es como ganar una perspectiva madura en la familia en la cual crecimos. A medida que nos convertimos en adultos, comenzamos a ver nuestra familia más claramente. Observamos cómo nos cuida con amor e instrucciones y aprendemos a sentir profunda gratitud. Pero además, observamos en qué manera nos afectó. Por tal motivo no decidimos renunciar a nuestra familia. En su lugar, buscamos el crecimiento o reconciliación, luchando por evitar esas flaquezas en nuestras propias familias sabiendo que compartimos la misma humanidad de nuestros padres, y por ende, cometeremos errores.

Esto funciona de la misma manera para nuestra familia cristiana. A medida que entendemos sus raíces más claramente, obtenemos madurez y libertad –libertad para crecer, para cambiar y para leer la Biblia con la visión más clara.

Para poder reconocer nuestras raíces, debemos estar conscientes del hecho de que hay 4 grupos de raíces:

1) Los documentos bíblicos legados por la iglesia primitiva.

2) El lado restaurado de la Reforma Protestante.

3) La Era de la Iluminación del siglo diecisiete y dieciocho, la cual moldeó nuestra unidad racionalista.

4) El Movimiento de Restauración de Barton Stone, Walter Scott y los Campbells, del siglo diecinueve.

Si nuestras raíces bíblicas son nuestras “sagradas” raíces, podemos decir que nuestras demás raíces son nuestras raíces “profanas” las cuales se desarrollaron en terreno humano fuera de los comienzos cristianos. Es hacia estas “profanas” o humanas raíces a las cuales centraremos nuestra atención.

El humanismo cristiano tuvo un impacto fuerte en Huldreich Zwinglio y la tradición Suiza Reformada.

Si la Reforma Protestante es nuestra primera raíz “profana” la segunda sería la Iluminación o Era de la Razón, del siglo diecisiete. La tercera sería el movimiento de restauración de Barton W. Stone, Walter Scott y los Campbells.


ACEPTANDO NUESTRA HUMANIDAD.

Nuestras raíces, como ya lo hemos visto, son tanto “sagradas” como “profanas”, bíblicas y culturales, divinas y humanas.

¿Por qué preocuparse por nuestras raíces?
Por esta razón y no otra: para confrontar nuestra humanidad.

¿Cuál es el punto de un estudio como este?
Simplemente: si asumimos que nuestras raíces son enteramente sagradas y no humanas, enteramente apostólicas y no históricas, enteramente bíblicas y no culturales, luego nos hemos elevado a nosotros mismos, más allá del nivel común de la humanidad y, en esencia, nos hemos vuelto dioses.

Además, al admitir nuestras raíces humanas, admitimos culpabilidades, fallas y errores. Es acercarnos a la mente de Cristo al adquirir un acercamiento con el mundo. Es confesar junto con Isaías que somos unos pecadores, no sólo como individuos, sino también como iglesia.


BUSCANDO NUESTRA IDENTIDAD.

Lo que debemos al futuro no es un nuevo principio, pues sólo es posible comenzar con lo ya ocurrido. Al futuro le debemos el pasado, ese largo conocimiento que es la potencia del porvenir. Es esto lo que hace que la tumba de un hombre sea un rico surco. Wendell Berry (1975)

La edad de oro sólo llega a los hombres cuando si tan sólo por un momento, se olvidan del oro. G.K. Chesterton (1932).

En su libro ” Watership Down”, Richard Adams crea un intrigante mundo habitado por conejos. La historia se concentra en las aventuras de una pandilla de conejos que deja su madriguera y va en búsqueda de un nuevo hogar. Así, Hazel se convierte en el líder. Fiver es el hermano clarividente de Hazel. Bigwin es el conejo ambicioso que busca poder y posición. Pipkin es el débil e indefenso, y Blackberry, el que posee gran inteligencia y sabiduría. Juntos, abandonan su antigua madriguera tras la advertencia de Fiver de que ésta será destruida, y así, forman su nueva madriguera en Watership Down.

El grupo formado por Watership Down comparte las historias de El-ahrairah, un gran héroe antiguo de la comunidad roedora. Las historias cuentan de su sabiduría e ingenio para vencer a sus enemigos, y aventajar a sus amigos conejos.

El contar esas historias les ayuda a estar unidos, a trabajar juntos y a valorar los talentos de hasta el más débil de los miembros del grupo. Bigwin aprende a confiar en los demás. Blackberry se da cuenta de que su lógica impecable no siempre es suficiente. Todos aprenden a cuidar a Pipkin en su debilidad. Las historias forman su identidad como comunidad.

Pero ocurrió que con el tiempo, los conejos encontraron una madriguera en la cual no se seguían las tradiciones de El–ahrairah. Estos conejos habían olvidado cómo contar las historias, como trabajar juntos y cómo apreciar los talentos de cada conejo. Como resultado se volvieron débiles y desorientados. No reconocían en ningún líder, cada uno hacía lo que le placía. Carecían de habilidades para reconocer el peligro y defenderse de él. Por tal motivo eran presa fácil de los tramperos. Al no atesorar y reconocer las historias de El-ahrairah, olvidaron la manera de vivir de los conejos silvestres.

En su relato, Adams nos dice algo no tanto acerca de conejos sino acerca de las personas. Nos muestra la importancia de mantener nexos con quienes nos han precedido y subraya la importancia vital de las tradiciones para saber cómo vivir y para conservar un fuerte sentido de identidad.


PERDIENDO EL PASADO.

Una de las principales características de la cultura secular moderna es la pérdida del sentido de conexión con el pasado. El espíritu individualista que prevalece en nuestro tiempo dice: “Puedes ser lo que tú escojas ser. Olvida el pasado. Desecha sus tradiciones y sus historias. No aceptes ninguna responsabilidad por sus fracasos, pues eres perfectamente libre para ordenar tu propia vida, de ir por tu propio camino”. Como Lewis Smedes ha dicho, “nuestra cultura nos insta a no definir nuestra vida en términos de compromisos pasados sino en términos de necesidades presentes y de posibilidades futuras.” A medida que esto pasa, el sentido de identidad personal o grupal se pierde. Alasdair MacIntyre establece que la identidad de uno está enraizada en una historia o tradición particular. “Yo soy el hijo o hija de alguien, el primo o tío de alguien más... Yo heredo del pasado de mi familia, mi ciudad, mi nación, etc. una serie de deudas, herencias, expectativas y obligaciones. Yo nazco con un pasado; y el tratar de desligarme de él de manera individualista, es deformar mis relaciones presentes”. 

Un fuerte sentido de identidad requiere un sentido de continuidad con el pasado. Particularmente en tiempos de cambios rápidos (como nuestro tiempo), se necesita lo que Robert Bellah ha llamado “una comunidad de memoria”. Sin tales comunidades, nos volvemos más desorientados. Perdemos la capacidad de reconocer el peligro y de reaccionar ante él, como corresponde a seres humanos. Perdemos, además, la capacidad de sustentar nuestros ideales y nuestros compromisos. Nos volvemos más utilitaristas, más inclinados a dejar que el presente status forme nuestra identidad.

Los efectos de perder el pasado se ven más claramente en las principales iglesias protestantes de los años 60s. Cautivadas por una economía consumista, muchas iglesias se apresuraron a encontrar maneras más relevantes de apelar a la cultura. En el proceso, devaluaron y hasta se burlaron de sus propias tradiciones históricas. Leonard Sweet dice, “El protestantismo modernista, se quedó alienado de las voces de su pasado, y sus miembros olvidaron casi por completo la manera de cómo vivir históricamente en conversación con sus tradiciones clásicas”.

Hoy día, en las iglesias de Cristo, nos encontramos atravesando una situación similar. Nos enfrentamos a una crisis de identidad. Si bien hay muchos factores que contribuyen a ello, tres son particularmente importante:

Primero: El simple hecho de que todas las tradiciones religiosas cambian de una generación a la siguiente.

Los cambios pueden ser sutiles, pero el mismo hecho de transmitir un grupo de creencias, inevitablemente las altera. Es así que las iglesias de Cristo hoy día no son iguales a las de 1940 y 1950 y las de 1940 y 1950 fueron significativamente diferentes a las de 1870.

Segundo: Este cambio inevitable ha sido acelerado en esta generación por la desaparición casi completa del mundo rural (ethos), que originalmente moldeó la identidad de las iglesias de Cristo a finales del siglo XIX.

Un erudito moderno en un estudio acerca de los cambios agrícolas y económicos que remoldearon profundamente el sur de los Estados Unidos entre 1920 y 1960, habló de “los mundos rurales perdidos”. En la desaparición de esos mundos, perdimos parte de nuestro pasado.

Tercero: El ethos secular de nuestro tiempo, con su individualismo y pluralismo prevaleciente ahora ejerce una enorme presión en nosotros.

Arrastrados al mercado religioso, y presionados por la adicción a lo nuevo como consumidores, estamos todavía separados de nuestras raíces históricas.


ACEPTANDO EL PASADO.

¿Cómo debemos entonces responder a nuestra crisis de identidad?

Al igual que los conejos de Watership Down, debemos establecer nexos con el pasado y aprender a contar su historia. Al confrontar nuestro pasado y al apropiarnos de él, podemos ver con renovada claridad, el curso del futuro. Hacer esto, significa dar el paso inicial para ubicarnos en el tiempo. Significa reconocer que, en efecto, tenemos un pasado, una tradición humana, y que en gran medida, somos producto de ese pasado.

Pero lo que a primera vista pareciera ser algo fácil, en realidad, no lo es. Pues, nuestros ancestros, el movimiento Stone-Campbell, fue el resultado de un profundo desencanto con el pasado. Como muchos norteamericanos en las primeras décadas de la nación estadounidense, Barton Stone, Alexander Campbell, Walter Scott, y otros, buscaron como desterrar el pasado con todas sus limitaciones. El pasado sólo había dejado confusión espiritual, decaimiento moral, disputas sectarias y un mortal tradicionalismo. Por lo cual buscaron la manera de barrer con la confusión y el deterioro moral, para abandonar la corriente contaminada y tomar de la fuente pura.

Esta actitud hacia el pasado caracterizó al movimiento en sus inicios. Campbell pudo escribir, por ejemplo, que “en el tema de religión estoy enteramente persuadido de que nada, excepto las inspiradas Escrituras debió jamás publicarse”. En otras palabras, diecinueve siglos de reflexión y de publicaciones cristianas sólo sirvieron para oscurecer e inhibir la práctica del cristianismo verdadero.

Impulsados por tal actitud hacia el pasado, movimientos de restauración como el nuestro, fácilmente desarrollaron un tipo de antihistoricismo. Con esto, me refiero a la percepción de que, mientras otras iglesias o movimientos se encuentran atrapados en la telaraña de la historia profana, la iglesia o el movimiento de uno, se encuentra por encima de la mera historia humana. Significa que la iglesia o movimiento al que uno pertenece, participa sólo de las perfecciones de los primeros años, del tiempo sagrado de los principios puros. Mientras los demás agonizan bajo el peso de las tradiciones heredadas del pasado, el grupo de uno no tiene realmente historia y por lo tanto, no tiene ningún peso que cargar sobre sus hombros.

Esta percepción, antihistoricista trabaja de manera poderosa y sutil en el proceso, crea ilusiones entusiastas (y dañinas). Entre las Iglesias de Cristo esto ha significado frecuentemente descartar dieciocho siglos de cristianismo, en el peor de los casos, como si fueran un tumor maligno, o en el mejor de los casos como un fracaso instructivo. Pero es claro que algunas personas entre las iglesias de Cristo, se han preocupado por el pasado. Algunas han buscado en los anales de su propio movimiento de restauración y en ocasiones, han explorado en el espectro más amplio del cristianismo a través de las edades. Pero aún más en este caso, uno puede discernir un tipo de ahistoricismo. Lo que es más, éste es un tipo de ahistoricismo mucho más sutil que aquel que consiste en sencillamente ignorar el pasado. Aquí uno asiste al pasado, a veces hasta con gran energía y diligencia, pero en el proceso, uno pone sobre el pasado, por decirlo así, un patrón o esquema prefabricado, un patrón acerca de la caída y restauración de la iglesia.

Luego, este patrón se vuelve la clave para entender el pasado. Funciona como una cama procusteana: Uno estira y encoge a los principales protagonistas y movimientos históricos para que encajen en el patrón. Pues uno no busca tanto encontrar una historia compleja contada en blanco y negro, y muchos matices grises sino una historia simple de los buenos y los malos, lo correcto e incorrecto, lo verdadero y lo falso. Uno quiere separar a los pocos “buenos” de los muchos “malos” y hacer ver sin un ápice de dudas, quiénes están con nosotros, y quiénes contra nosotros.

El restauracionista puede hacer esto, gracias a un factor importante: asume fácilmente que él no es parte del proceso histórico con todas sus limitaciones y estrecheces, libre de sus pegajosas telarañas. Tal es la ilusión del sentido ahistórico de interpretación de la realidad: o se la desecha por completo o se le juzga de tal manera que damos la impresión de no ser parte de ella. En ambos casos la mayoría de la historia cristiana se convierte en poco más que una trágica historia de decadencia y de corrupción, en una trama obscura en la cual uno en verdad, puede apreciar a la gente que parece tener buenos motivos y admirable valor, pero que en última instancia, son todos villanos o ingenuos, y todos están implicados en el gran crimen de haber envenenado la fuente pura de verdad.

Este sentido ahistórico ha prevalecido en nuestro movimiento, y esto ha inhibido y distorsionado de varias maneras, nuestros esfuerzos teológicos. Por un lado, esta actitud hacia el pasado, ha dado origen a un punto de vista injusto e inexacto del pasado. Ha hecho que al estudiar la historia, la analicemos ya como polémica o como hagiografía. Ambos enfoques casi siempre van de la mano. El enfoque polémico caricaturiza a los que están fuera de nuestro movimiento para probar que están equivocados. El enfoque hagiográfico idealiza e idolatra a los miembros del movimiento para probar que están en lo correcto. De esta manera, típicamente ignoramos la historia de la época de la pre-restauración, o la mencionamos como estudio de casos de corrupción, como ejemplos de invención humana, “y como chispazos de restauraciones abortadas”.

En el proceso en realidad no buscamos tanto entender los primeros movimientos cristianos en toda su complejidad, sino más bien denigrarlos o en ocasiones simplemente ridiculizarlos. Pues es obvio que están dentro de la corriente de la historia profana, hundidos en la ignorancia.

Pero nuestro movimiento fue diferente, jamás participó de una corriente ancha y corrupta. Nuestro movimiento brotó directamente de la fuente original y pura que sale de la roca en la montaña virgen. Nuestros líderes eran hombres enormes, genios religiosos, gente que nunca mezcló la verdad eterna con el barro temporal. Y así con frecuencia construimos crónicas románticas y unidimensionales, la verdad contra la hueste de ignorancia y la falsedad. Era una historia emocionante, casi el material de que están hechas las leyendas y el género épico.

Algunas veces, este enfoque del pasado fue sutil y hasta sofisticado. Otras veces fue rudo y sin rodeos. Considere, por ejemplo, el ampliamente leído libro de John F. Rowe titulado Una Historia de Movimientos Reformadores que Resultaron en la Restauración de la Iglesia Apostólica, publicado en 1884 (para 1913 ya había tenido 9 ediciones). Si bien este libro no es original en su interpretación básica del tema, lo cierto es que sirvió para popularizar el esquema simplista de la historia de la restauración. 

Rowe dice que los reformadores del siglo XVI “jamás intentaron regresar a la práctica apostólica, ni tampoco pensaron en la idea de reproducir la iglesia de Cristo establecida por los apóstoles”. Pero, Alexander Campbell, al contrario, “buscó la completa restauración de los principios y prácticas apostólicas”. Campbell, “habiendo roto con todas las tradiciones humanas, produjo una completa restauración del orden apostólico de cosas”.

El problema del libro de Rowe no es que critique a los reformadores protestantes, o que rechace aspectos de su teología. El problema, más bien, es que adolece de una falta de entendimiento de lo que ellos dijeron y de por qué lo dijeron. 

De hecho, Rowe muestra una falta de entendimiento casi total de los puntos teológicos centrales que se disputaban en los movimientos reformadores del siglo dieciséis. A esto, agregue usted la audacia de afirmar que Campbell creó un grupo “idéntico a los cristianos primitivos.” Por lo tanto, lo que al principio pareciera ser una narrativa impresionante y objetiva, se vuelve en un ejercicio de polémica y de hagiografía.

Este enfoque del pasado cristiano, resonó en los púlpitos y plataformas, pues demostró ser una herramienta efectiva para argumentar que mientras otros movimientos eran principalmente producto de la historia humana, el nuestro no lo era. N.D. Hardeman, un predicador y educador muy prominente de principios del siglo veinte, es otro claro ejemplo de este enfoque. Hardeman usó el esquema de Rowe ampliamente en sus cinco series de “Sermones del Tabernáculo” entre 1923 y 1942. Como con el caso de Rowe, el resultado que una seria distorsión del pasado.

Por ejemplo, considere la presentación que hace Hardeman de Martín Lutero. Alaba a Lutero por su valentía y por su convicción, pero en el proceso, distorsiona los intereses teológicos de Lutero de manera asombrosa. Hardeman dice: “La única contribución de Lutero es que le dio al mundo una Biblia abierta”. Luego, agrega: “Cuando usted desea estudiar luteranismo, no da más uso a la Biblia que el que daría a un almanaque”.

Juan Calvino, de la misma manera, es distorsionado. Hardeman, como muchos otros que usan el pasado polémicamente, no distinguía entre el pensamiento de Calvino y lo que posteriormente se llamó calvinismo. Este calvinismo posteriormente, especialmente en su versión norteamericana, fue frecuentemente una cosa pedante y doctrinaria con poca o ninguna conexión, con el pensamiento teológico de Juan Calvino. Pero sobre todo, Hardeman, como Rowe antes de él, muestran poco conocimiento de la profunda preocupación por la restauración de las formas y prácticas bíblicas que caracterizan a la Reforma a través de la mayoría de su historia. 

Rowe y Hardeman constituyen ejemplos típicos de cómo las iglesias de Cristo han tratado la cuestión del pasado cristiano. Si no lo ignoramos por completo, típicamente usamos el pasado polémicamente encajando sobre él un patrón reformador. De esta manera, esquivamos el arduo trabajo y la considerable cantidad de simpatía necesaria para dejar que el pasado hable claramente en el presente.

Este diagnóstico, me doy cuenta de ello, podría parecer algo irreverente. Si así es, entonces debemos confrontar una pregunta todavía más importante: ¿Cuál es el papel que juega nuestro diálogo crítico con nuestro pasado (o tradición) en nuestros esfuerzos de vivir responsable y fielmente ante Dios? O, dicho de otra manera, ¿podemos soportar el considerar nuestra propia historia como parte de la corriente de la historia de la humanidad, caracterizada, como toda historia humana real, por temporalidad, contingencia y finitud?

Hay otra pregunta teológica fundamental en el fondo de estas otras preguntas: ¿Podemos confrontar nuestras limitaciones de tiempo, nuestra condición de criaturas, y nuestro estatus pecaminoso ante el Señor y creador de toda la historia? ¿Podemos aceptar el hecho de que nosotros, como cualquier otro ser humano, tenemos un pasado y que participamos de sus limitaciones? ¿O vamos a albergar la absurda ilusión del ahistoricismo, la ilusión de que hemos superado los lazos de la finitud para flotar sobre esta esfera mortal.


DIALOGANDO CON EL PASADO.

Sólo aceptando el pasado, podemos entrar en diálogo con él, sólo aumentando nuestra conciencia de la tradición humana que ha influido en nuestra manera de leer la Biblia, podemos evaluarla, criticarla, y de ser necesario superarla. En este sentido, el diálogo crítico con nuestro pasado se convierte en parte fundamental de nuestra fidelidad al mismo. Asimismo, se convierte en una tarea fundamental para mantener nuestra identidad como movimiento de restauración.

Al hablar de “diálogo crítico” con el pasado, debo aclarar lo que quiero decir con esta frase. Por “crítico” no me refiero a cortar o derribar; a menospreciar o minimizar; no me refiero a la tarea de buscar faltas y errores en los que nos han precedido. Más bien, me refiero al “esfuerzo de ver algo de manera clara y verdadera, a fin de poder juzgarlo con justicia” (Webster). Me refiero particularmente a la tarea disciplinada de ubicar a los diferentes personajes y movimientos históricos en su propio contexto, y luego respetar la compleja, y con frecuencia irónica, relación que hay entre ellos.

Al entrar en un diálogo crítico con el pasado no buscamos una condenación fácil y apresurada del mismo (como en el caso de la polémica), ni tampoco buscamos una defensa fácil y apresurada del mismo (como en el caso de la hagiografía). No buscamos amontonar evidencia que apoye nuestra propia postura teológica. Somos críticos en tanto que buscamos entender el pasado lo mejor que podemos, en sus propios términos, no en nuestros términos; lo abordamos con simpatía e imaginación, y no tenemos miedo de cuestionar interpretaciones que nos han sido muy queridas.

Debemos aprender a ser críticos en este sentido, pues, de lo contrario, fácilmente nos burlamos de los muertos que nos han precedido. De manera sorda torcemos y doblamos el pasado para que responda a nuestras preocupaciones presentes y apoye nuestros intereses creados. Es decir, fácilmente le imponemos nuestra propia agenda.

Así que cuando dialogamos críticamente con el pasado, buscamos primero que todo, entender el pasado, sabiendo que nosotros mismos no podemos escapar totalmente a nuestras propias y limitadas perspectivas (pues también nosotros somos parte de la corriente de la historia). Y aunque vemos en el pasado, todo tipo de equivocaciones intelectuales y fracasos morales, hacemos un esfuerzo para tratar a la gente del pasado con todo el respeto posible, pues nos damos cuenta que también nosotros estamos hechos mayormente del mismo material de ellos.

El problema es que no estamos acostumbrados a dialogar con el pasado de esta manera, especialmente con nuestro propio pasado. Podríamos encontrarlo inquietante, perturbante. Para muchos sería como “avergonzar a los pioneros”. Pero acuérdese de nuestros antepasados espirituales. ¿Qué hubiera pasado si Barton Stone, Thomas Campbell, Alexander Campbell y Walter Scott no hubieran tenido la disposición de criticar la tradición que les había traído a la fe en Cristo, que les había nutrido y sostenido por muchos años? ¿Qué si hubieran tenido miedo de cuestionar esa tradición en aras de la verdad como ellos la entendían? La verdad es que nuestra tradición nació como resultado de un descontento radical con las normas establecidas o tradicionales. Pero un siglo y medio después nos encontramos en la irónica situación de ser un movimiento fundamentado en el cuestionamiento radical de la tradición, pero que se niega a criticar su propia tradición (o que le niega a otros ese derecho).

Al menos una cosa parece clara: sólo hay una manera en la cual podemos ser fieles a la tradición que nos ha nutrido en la fe, y es criticándola de manera respetuosa. Y no sólo seremos fieles a nuestra tradición abordándola críticamente sino que aún más importante, seremos más fieles en nuestro esfuerzo de interpretar las Escrituras y en hacer que su verdad ilumine nuestra lucha con la cultura secular que nos rodea. 

Permítanme ahora ser más específico al explicar por qué.

1) El diálogo crítico con el pasado nos hace conscientes de nuestra dependencia de las tradiciones del pasado.

El primer reto en esto, como hemos visto, es simplemente reconocer que en efecto, somos parte de una tradición humana, pues nuestro antihistoricismo nos ha cegado ante ese hecho. Nuestros antepasados con frecuencia negaron toda complicidad con las tradiciones humanas y dijeron ser sólo gente de El Libro. No querían nada con meras tradiciones, sólo deseaban la verdad. Era un deseo que para la mayoría de nosotros, está cerca del corazón de la búsqueda espiritual.

Pero la afirmación de haber escapado a la influencia de toda tradición humana, no resulta en una fe sin tradición y sin cultura, sino en una fe aún más vulnerable al tradicionalismo inconsciente. F.J.A. Hort lo expresa así: “El aire se siente pesado con tradiciones bastardas que nos llevan cautivos sin darnos cuenta de ello mientras nos parece estar ejercitando nuestra libertad y nuestro instinto por la verdad“. Hort señala aquí uno de los principales errores de los movimientos de restauración: la tendencia a desarrollar poderosas tradiciones populares bajo la ilusión de existir sin tradición. Así pues, primero debemos simplemente reconocer que somos parte de una tradición humana, y ese sería un gran paso. Pero, una vez que hemos dado ese paso, debemos atrevernos a dar otro paso crucial: Debemos criticar nuestra propia tradición. Debemos hacerlo simplemente porque es, en parte, una tradición humana, y las tradiciones humanas, como creyeron muchos de nuestros antepasados, nunca son inmaculadas. Si somos incapaces de criticar nuestra tradición, viviremos cautivos de ella. Vamos a albergar ilusiones o pretensiones, y por lo tanto, tenderemos a absolutizar (o idolatrar) nuestra propia y limitada tradición.

2) El diálogo crítico con el pasado también nos obliga a tratar con otras tradiciones en una manera nueva. Como hemos visto, una actitud crítica frente al pasado significa que consideramos otras tradiciones cristianas distintas de la nuestra, con gran seriedad. No las tratamos condescendientemente, o nos burlamos de ellas o nos decimos: “¿Cómo es posible que haya gente tan ciega?” “¿Cómo pueden ser tan tercos o estúpidos?” Más bien, les conferimos lo que nosotros quisiéramos que nos fuera conferido: sinceridad y celo, honestidad e inteligencia. Con simpatía e imaginación, damos testimonio de sus luchas para tomar las Escrituras con seriedad y para seguir a Dios fielmente. Tratamos de oír sus preguntas, no simplemente les hacemos responder las nuestras.

Verdaderamente, esa es una tarea ardua y perturbadora. Pero cuando hacemos el esfuerzo, ocurre algo importante. A través de este proceso, ganamos un nuevo entendimiento de nuestra propia tradición. Cuando vemos la tradición A (la nuestra) junto a las tradiciones B, C, y D, comenzaremos a ver dimensiones de la tradición A que probablemente nunca antes habíamos visto. Estas otras tradiciones, hacen preguntas nuevas, y eso nos ayuda al criticar de manera constructiva nuestra propia tradición a la luz de las Escrituras.

El efecto de tal diálogo podría mejor describirse como una pérdida de inocencia teológica. Es decir, es como un amanecer a la conciencia de las propias raíces en la historia con todas las limitaciones que ello conlleva. El trabajo teológico responsable depende en gran medida de esa pérdida de inocencia. Porque si de manera ingenua asumimos que somos frescos y puros, que estamos por encima de los compromisos mundanos y del fracaso espiritual, que tenemos la verdad y nada más que la verdad, entonces perdemos la capacidad de auto-crítica, de arrepentimiento, y de crecimiento espiritual.

3) El diálogo crítico con el pasado entonces nos recuerda, cuando lo olvidamos, que la interpretación bíblica (o teológica) es siempre una empresa humana. Aceptando nuestro estatus como seres finitos y mortales limitados por el tiempo, también aceptaremos el estatus falible de nuestros pronunciamientos teológicos. De hecho, la teología podría definirse como la interpretación humana de la revelación divina. Dios se ha revelado en la historia y la Escritura, pero nuestra interpretación de esa revelación ocurre en el tiempo, bajo las condiciones de finitud propias de la criatura humana.

Al protestar contra teologías y teólogos, Alexander Campbell escribió él mismo, teología – de hecho, mucha teología. Lo que es más, escribió un libro titulado “El Sistema Cristiano”, (The Christian System, 1835), en el cual plasma de manera más o menos sistemática, su interpretación de la fe cristiana. Pero era en parte, (tal vez hasta mayormente) el sistema cristiano y en parte el sistema Cambelita (Cuánto era de lo uno y cuánto era de lo otro, depende en grado considerable de cómo uno vea la tradición por la que el señor Campbell hizo tanto para iniciar).

Tal conciencia nos enseña que, si bien admitimos las grandes demandas de Dios sobre nosotros, también nosotros hacemos modestas demandas relativas a nuestra teología. Nos enseña que debemos continuar con nuestros esfuerzos con humildad, oración y el ánimo de otros que también tratan de vivir el compromiso cristiano. Podemos continuar nuestra búsqueda con vigor y con entusiasmo, dando la bienvenida a nuevas y más profundas perspectivas, y revisando las viejas ya establecidas, pues sabemos que después de todo, no es nuestra teología la que nos salva sino la obra de gracia de Dios, proclamada en el Evangelio.


APROPIÁNDOSE DEL PASADO.

Hasta aquí me he concentrado en la importancia de aceptar el hecho de que ciertamente somos parte de una tradición humana. He sugerido que el trabajo teológico responsable depende de tal conciencia. Pero esta conciencia trae consigo un cierto peligro. Uno puede estar tan consciente de la humanidad de la propia tradición, que podría sentirse tentado a rechazarla.

Uno podría percibir por ejemplo, distorsiones teológicas serias, o talvez intolerancia y estrechez mental. Uno puede encontrar increíbles ironías en el movimiento (por ejemplo, el grandioso plan para la unidad, y la tremenda fragmentación que produjo). Uno podría frustrarse con la intransigencia institucional. Por lo tanto, uno podría desilusionarse y desear barrer con ese pasado y con la tradición para encontrar novedad y simplicidad. Uno podría alimentar el sueño de comenzar otra vez desde el principio.

Yo podría entender muy bien tal deseo, pues hay veces en que lo he sentido muy fuertemente. Pero creo que cometemos un gran error al pensar que podemos simplemente dejar atrás nuestro pasado y librarnos de su peso para comenzar de nuevo. Pues no somos dioses, usted y yo, no tenemos el poder para comenzar nuestros mundos de nuevo, sino que somos criaturas situadas en un tiempo y en un lugar, obligados a trabajar con lo que hemos recibido. Somos parte de personas y eventos que no hemos escogido, sino que ellos nos han escogido a nosotros. Aquellos de nosotros cuya fe ha sido formada entre las iglesias de Cristo no podemos sencillamente dejar atrás nuestro pasado. El pasado ha ocurrido y en un grado considerable nos ha hecho lo que somos. Más aún, aquellos que tratan de borrar o de cercenar su pasado, probarán, por el mismo hecho que somos hijos de la tradición. Pues, después de todo, es así como las tradiciones de restauración tienden a tratar con la tradición – la cercenan, mueven la varita mágica, y actúan como si lo que ha ocurrido fuera intrascendente.

El problema es que nunca nos deshacemos por completo del pasado. Podemos intentarlo, pero aún cargamos con nuestro pasado en maneras que no percibimos totalmente. Uno puede pasarse la vida renunciando a una tradición pero tenga por seguro que hasta esa renunciación estará influenciada por la misma tradición a la que quiere renunciar. Aceptar aquello que se nos ha dado del pasado es una señal de nuestra finitud, de nuestros límites como criaturas.

Aceptar el pasado, sin embargo, no implica una reverencia incorrecta por el pasado ni una fácil adaptación a su ortodoxia y estructuras. Pues así como los primeros pioneros de nuestro movimiento lo vieron claramente, las tradiciones absolutizan fácilmente (fabrican ídolos) sus propias perspectivas limitadas y sus pronunciamientos. 

Por lo tanto, aceptar la propia tradición (o herencia) significa, en parte, interesarse en tal tradición lo suficientemente como para dialogar con ella críticamente, y así ayudar a preservar y corregir los ideales que la han sostenido a través de las generaciones.

En uno de sus versos T.S. Eliot habla del proceso de apropiación del pasado: 

La Iglesia debe siempre estar en construcción, y siempre en decadencia, y siempre en restauración... Pero aquí, en este mundo, recibís la herencia de lo bueno y de lo malo que hicieron quienes os precedieron.

Y todo lo malo, podéis arreglarlo si camináis juntos en humilde arrepentimiento...; y todo lo bueno, debéis luchar por mantenerlo con corazones tan devotos, como los de nuestros padres que lucharon por lograrlo. La Iglesia debe siempre estar en construcción, pues para siempre está en decadencia desde dentro, y bajo ataque desde fuera”.