Reforma protestante

ESFUERZOS DE REFORMA.

Protestas individuales - Las opiniones de los eruditos - El concilio de Pisa (1409) - El concilio de Constanza (1414-1418) - El concilio de Pavia y Siena (1423) - El concilio de Basilea (1431-1449) - El concilio de Ferrara y Florencia (1437-1439) - Razones del fracaso de los esfuerzos conciliares - Después de los concilios reformadores - Compendio final.

 


La dominación del papado por los intereses franceses de 1309 a 1378, y el escandaloso cisma de casi cuarenta años, después del intento de retornar el papado a Roma, acentuaron la necesidad de reforma. Sin embargo, las circunstancias y las creencias tradicionales parecían hacer imposible cualquier clase de reforma. En primer lugar, no había manera de determinar quién era el ocupante propio de la silla papal. Cada uno de los papas estaba respaldado por un grupo de cardenales legítimamente nombrado y adecuadamente consagrado. Cada uno se había declarado el verdadero papa y había anatematizado a su oponente. Peor aún, cada uno tenía suficiente respaldo político para mantenerse en su puesto. En segundo lugar, ¿qué podía hacerse contra un papa, asumiendo que uno de los dos o tres fuera el verdadero? Tan temprano como el siglo V, el papa Símaco había publicado la teoría de la irresponsabilidad papal. Para 503 esta idea había recibido aprobación dogmática. Ampliada con el paso de los siglos, esta doctrina enseñaba que aunque el papa estuviera en completo error, no podía ser sometido a juicio sino por Dios; ningún tribunal en la tierra podía desafiar las doctrinas, la moral, los motivos, o los decretos de un papa. ¿Cómo podía, entonces, tomarse una acción para remediar el cisma?.


PROTESTAS INDIVIDUALES.

En el capítulo anterior se bosquejaron algunas de las protestas de todas partes de la Iglesia Romana. Se exigían planes de reforma, y se dirigían severas críticas contra el gobierno y las doctrinas papales. Sin embargo, en vista de la noción tradicional de que nadie podía corregir a un papa, y la duda respecto a cuál pretendiente era el verdadero papa, no se hizo ningún movimiento práctico.


LAS OPINIONES DE LOS ERUDITOS.

A pesar de las repetidas apelaciones a ambos papas después de 1378, ninguno tomó la iniciativa para restaurar la unidad papal. Los eruditos de las diversas escuelas teológicas, cuyos conceptos habían sido de gran peso en las controversias teológicas, fueron consultados acerca de la mejor manera de terminar el cisma. Era inevitable que la idea de Marsiglio de Padua, escrita en 1324 en su Defensor Pacis, fuera hecha válida, es decir, que un concilio general posee suprema autoridad en el cristianismo. Esta misma sugestión fue hecha por otros dos eruditos, Conrado de Gelhausen en 1379 y Enrique de Langenstein en 1381. Para 1408 la mayoría de los eruditos de las grandes universidades del continente estaban de acuerdo en que el único modo de remediar el cisma era mediante un concilio general. Los eruditos no pudieron ponerse de acuerdo en cuanto al arreglo del concilio. Algunos pensaban que todos los verdaderos cristianos debieran constituir la membresía; otros favorecían el precedente de los concilios generales primitivos y limitaban la membresía sencillamente a los obispos que, decían, constituían la iglesia visible. Sin embargo, había un problema. ¿Quién convocaría el concilio? Los emperadores habían convocado algunos de los concilios anteriores, pero los papas habían reclamado esa prerrogativa por muchos siglos. Ninguno de los papas deseaba convocar el concilio; sin embargo, los cardenales de los papas rivales fueron convencidos de que era necesario un concilio general para restaurar la paz y la unidad.


EL CONCILIO DE PISA (1409).

El concilio general se reunió en Pisa, en marzo de 1409, al llamado de los cardenales. El concilio intentaba resolver tres problemas: el cisma papal, la reforma y la herejía. El primero de estos problemas era considerado el propósito principal del concilio. La asistencia fue buena y tomó la acción definida de declarar vacante el trono papal. Los cardenales que representaban a ambos papas se unieron para elegir a uno nuevo, que tomó el nombre de Alejandro V. Puesto que ninguno de los dos papas existentes, Gregorio XII y Benedicto XIII, reconocían al concilio como una asamblea válida o autorizada, el resultado neto fue sencillamente la adición de otro papa.


EL CONCILIO DE CONSTANZA (1414-18).

Los errores del Concilio de Pisa eran evidentes. Entre otras cosas, muchos de los obispos deseaban más información acerca de la autoridad de un concilio, particularmente al deponer a un papa. Otros pensaban que el concilio debía haber sido convocado por un papa, no por los cardenales o por un poder secular. Además, parecía que los factores políticos determinarían de un modo u otro si cualquier acción de un futuro concilio sería efectiva o no. Tal como estaba, cada tino de los tres papas tenía suficiente apoyo político y militar para mantenerse en el puesto. El nuevo papa, Alejandro V, fue reconocido por Inglaterra, Francia, Hungría, y partes de Italia; Benedicto XIII fue llamado papa por España y Escocia, mientras que Gregorio XII tenía la mayor parte del apoyo de Italia y el de Alemania.

Dos hombres remediaron estos defectos. Juan Gerson, uno de los campeones de la idea conciliar después de 1408, determinó investir a un futuro concilio con autoridad expresa para proceder e intervenir en el cisma, la reforma y la herejía. El otro, el emperador alemán Segismundo (1410-37), determinó proporcionar apoyo político suficiente para hacer efectivos los decretos del concilio. Segismundo tuvo la primera tarea, y obró diligentemente en ella. El indujo al papa Juan XXIII (sucesor de Alejandro V) a convocar un concilio general que se reuniera en Constanza. Con astutas tácticas políticas él consiguió el apoyo de los gobernantes español, inglés y borgoñón para el concilio. El había escogido Constanza en Alemania como el lugar de la reunión para neutralizar la influencia del clero italiano, todo el cual prácticamente favorecía a Juan XXIII. Además, se hicieron arreglos para que el concilio votara por naciones en vez de por individuos, evitando de esta manera los planes de alguno de los papas interesados para “amarrar” la reunión. De esta manera cada una de las cinco naciones, Inglaterra, Francia, España, Alemania e Italia, tenía un voto y debía votar como una unidad.

Gerson y sus partidarios hicieron su parte. Por medio de la influencia de Gerson el concilio aprobó un decreto en abril de 1415, definiendo su propia autoridad. Pretendía representar a Jesucristo y declaraba que sus decisiones sobre todos los asuntos religiosos eran válidos para todo cristiano, incluyendo al papa o a los papas. Este decreto, por supuesto, cortó al través directamente las pretensiones papales de siglos. Aprobado unánimemente por el concilio ecuménico, desafiaba los antiguos dogmas de la Iglesia Romana que se pretendía no estaban sujetos a cambio, y daba un ejemplo de un supuesto concilio infalible y un papado infalible en conflicto. Procediendo con este decreto, el concilio apresó violentamente al papa Juan XXIII y lo depuso en mayo de 1415; Gregorio XII renunció entonces; Benedicto XIII fue depuesto dos veces, aunque él se rehusó a aceptar esta acción.

Otra innovación ocurrió. En vez de tener un nuevo papa elegido por los cardenales, el concilio se puso de acuerdo en que esos cardenales presentes en el concilio, suplementados por treinta miembros del concilio, eligieran un nuevo papa, con sólo dos tercios de la mayoría requerida para la elección. Ellos escogieron a uno que tomó el nombre de Martín V. El tomó su puesto inmediatamente, pues tenía suficiente apoyo político para garantizar su aceptación universal. El cisma había casi terminado. Benedicto XIII se había negado a renunciar, pero después de su muerte en 1424, su sucesor fue reconocido sólo por Aragón y Sicilia, y en 1429 el cisma terminó completamente.

El segundo problema del Concilio de Constanza era la reforma. Después de la elección de Martín V el concilio aprobó otro decreto que rechazaba las pretensiones papales de casi un milenio. Este decreto estipulaba que los concilios generales se reunirían otra vez en cinco años y en siete años y que de allí en adelante tales concilios se reunirían cada diez años. Los futuros papas estarían sujetos a instrucción por estos concilios. Las antiguas pretensiones papales de superioridad sobre los concilios parecían destinadas a desaparecer. Sin embargo, la actitud del nuevo papa debería haber prevenido a los dirigentes conciliares. Martín V había apoyado la idea conciliar hasta su elección como papa; entonces inmediatamente se volvió anticonciliar. Cuando el concilio se esforzaba por efectuar la reforma, el nuevo papa trabajaba febrilmente para impedir la adopción de medidas antipapales. Y él podía lograrlo.

El problema de la herejía también ocupaba la atención del concilio. Ya se ha mencionado la quema de Juan Huss y de Jerónimo. El estallido de las guerras husitas muestra que el concilio no era sólo religiosamente sospechoso sino también políticamente imprudente.


EL CONCILIO DE PAVIA Y SIENA (1423).

El cisma papal había sido remediado, pero la reforma todavía no había empezado. Martín V (1417-31) defendió las pretensiones papales tradicionales en un esfuerzo por neutralizar los decretos del Concilio de Constanza, que pretendía ser la suprema autoridad en el cristianismo. Sin embargo, el papa creía necesario llevar a cabo el decreto de Constanza previniéndose para el llamado de un concilio general en cinco años, especialmente dado que los bohemios todavía estaban amenazando y los turcos otomanos estaban ganando nuevas victorias generales. La peste en Pavía obligó al cambio del concilio a Siena. El papa disolvió el concilio pronto, sin embargo, alegando como razón la escasa asistencia.


EL CONCILIO DE BASILEA (1431-49).

Ya se había planeado en el Concilio de Constanza convocar a otro concilio general siete años después del Concilio de Pavia. El papa Martín V había consentido en convocar este concilio, pero murió antes que se reuniera. Su sucesor, Eugenio IV (1431-47), había prometido apoyar el programa conciliar como condición para su elección, pero violó su promesa. Cuando el concilio se reunió y mostró el espíritu del Concilio de Constanza, Eugenio trató de disolver la asamblea antes de que tomara ninguna medida. La presión política lo disuadió. Este concilio enfrentó tres problemas: cómo tratar con los combatientes husitas; qué hacer respecto a una reforma de la iglesia, y cómo efectuar una reunión del cristianismo occidental con el oriental, deseada por algunos de los dirigentes occidentales como manera de alejar a los turcos otomanos que estaban amenazando capturar Constantinopla.

El concilio tuvo un éxito parcial al tratar con los bohemios. Al apaciguar al partido moderado (los ultraquistas o calixtinos), se causó una división entre ellos y los taboritas más radicales. El resultado fue otra guerra civil en Bohemia, pero los católicos pudieron derrotar a los taboritas y reprimir el esparcimiento de sus ideas.

Por un breve período pareció que algunas reformas eclesiásticas efectivas resultarían de las deliberaciones del concilio. Sin embargo, tan pronto como el concilio tocó la persona del papa y su autoridad, la influencia papal impidió más progreso. Eugenio decidió tratar con el concilio como el concilio había tratado con los bohemios: dividir y conquistar. El asunto de la unión entre el Oriente y el Occidente recibió énfasis en el concilio. Cuando surgieron agudas diferencias, el papa denunció al concilio y en 1437 lo cambió a Ferrara por medio de una bula papal, y de aquí a Florencia en 1439. Una parte substancial se negó a sujetarse al edicto papal y continuó reuniéndose en Basilea. Allí votó deponer a Eugenio como papa y escogió a otro, que tomó el nombre de Félix V (1439-49). Ahora había otra vez dos papas, pero Félix no tenía apoyo político, y hubo una reacción general al pensar en otro cisma papal. Consecuentemente, el concilio de Basilea fue desacreditado y en 1449 se sometió a Nicolás V (1447-55), que había sucedido a Eugenio. Los esfuerzos conciliares por reformar al papado habían fracasado.


EL CONCILIO DE FERRARA Y FLORENCIA (1437-39).

La principal razón para que el papa Eugenio cambiara el Concilío de Basilea a Ferrara y después a Florencia fue desacreditar al partido reformador de Basilea. El papa estaba decidido a que no hubiera reforma por medio de un concilio. Por esta causa, gran parte de la responsabilidad del movimiento cismático conocido como la Reforma debe atribuirse a él. El concilio de Basilea estaba ansioso de hacer reformas, e indudablemente las hubiera hecho en el sentido de las Sanciones Pragmáticas de Francia, que se mencionarán después.

Es cierto que los representantes de la Iglesia Griega preferían reunirse en una ciudad italiana, pero esto era de pequeña importancia. De hecho, el asunto de la unión del Oriente y el Occidente estaba destinado al fracaso antes que la delegación griega llegara a Ferrara en 1438. La mayoría de los del Occidente estaban absolutamente opuestos a la unión bajo cualquier circunstancia. La minoría deseaba la unión sencillamente para conseguir ayuda militar y política contra los turcos. En el concilio el papa consintió en organizar una nueva cruzada contra los turcos, y en reciprocidad el Oriente debía reconocer la supremacía universal del papa. Este acuerdo, sin embargo, fue prontamente repudiado por el clero oriental.


RAZONES DEL FRACASO DE LOS ESFUERZOS CONCILIARES.

La caída del concilio de Basilea en 1449 puso fin al movimiento iniciado cuarenta años antes en el concilio de Pisa. Algunas razones del fracaso del esfuerzo por reformar la iglesia en su cabeza y sus miembros son evidentes. Entre otras cosas, había falta de unidad en los motivos de la reforma. Algunos estaban interesados en la reforma sólo desde un punto de vista político; algunos estaban tratando de pescar en río revuelto con la esperanza de ventaja personal, mientras que algunos otros estaban deseosos de seguir en el movimiento mientras fuera popular.

Una solución parcial del inmediato problema, el cisma papal, mitigó el deseo de una reforma completa. Cuando el Concilio de Constanza solucionó en 1417 los problemas más apremiantes que enfrentaba, ni el animoso informe de la autoridad del concilio escondió el hecho de que en las mentes de muchos el concilio había ido tan lejos como podía. Con un solo papa con el cual habérselas, el caudillaje en una reforma estricta traía el peligro de represalias efectivas.

El antagonismo activo de los papas predestinaba al fracaso cualquier intento de reforma. Los diversos papas de la primera mitad del siglo XV estaban de acuerdo, al principio, con los esfuerzos de los reformadores conciliares, hasta que eran elegidos para el alto puesto. Entonces su simpatía por la reforma y su reconocimiento de la autoridad de un concilio se desvanecía inmediatamente. El período relativamente largo entre las reuniones de los concilios reformadores le daba al papado oportunidad de recuperar mucho de su fuerza y prestigio.


DESPUES DE LOS CONCILIOS REFORMADORES.

Aunque no se había alcanzado un programa efectivo de reforma, la batalla no se había perdido completamente. Las diversas naciones representadas en los concilios habían visto de primera mano la necesidad de reforma y la actitud del papado hacia la reforma. También habían captado un vislumbre de la autoridad que llevaba la fuerza política y militar. Consecuentemente, Inglaterra, España y Francia, ya fuertes y unificadas, podían conseguir concesiones importantes del papado con referencia al control de la iglesia dentro de sus fronteras. Francia, de hecho, poco después del fracaso del concilio de Basilea, convocó a una reunión del clero y promulgó las Sanciones Pragmáticas de 1438, que llevaban a cabo para Francia la misma cosa que los proponentes conciliares esperaban viniera para todo el cristianismo, del concilio general. Estas Sanciones declaraban que un concilio general era la suprema autoridad en el cristianismo, y, entre otras cosas, reclamaba la autonomía francesa para llenar sus vacantes eclesiásticas. Es muy significativo que los Estados Alemanes organizados sin coherencia, donde el movimiento de reforma estalló posteriormente, hubieran sido incapaces de conseguir ninguna de tales concesiones, y consecuentemente sintieron más duramente las cargas financieras y eclesiásticas de la tiranía papal.

El fracaso del movimiento conciliar pareció aumentar la arrogancia de los papas romanos. El tono moral y religioso del papado, desde el fin del Concilio de Basilea hasta la reforma luterana, fue indescriptiblemente bajo. Dos de los papas eran humanistas completos (Nicolás V, 1147-55, y Pío II, 1458-64); uno de ellos un déspota de pacotilla (Sixto IV, 1471-84); dos de ellos eran descarados en su inmoralidad y vicio (Inocente VIII, 1484-92, quien abiertamente reconocía y promovía a sus siete hijos ilegítimos, y Alejandro VI, 1492-1503, notable por su inmoralidad, vicio y violencia); uno había sido un oficial del Ejército (Julio II, 1503-13), mientras que el papa de la reforma, León X (1513-21), públicamente llamaba al cristianismo una fábula lucrativa y pasaba su tiempo en su pabellón de caza. Si hubiera habido papas rectos y prudentes en este período, es muy probable que el siguiente esfuerzo de reforma hubiera sido diferente en su dirección y consecuencias. La sucesión de hombres de este calibre garantizó la certeza de la calamidad que se avecinaba.


COMPENDIO FINAL.

El delicado problema de acabar con un cisma papal fue resuelto finalmente por medio de la autoridad de un concilio general, reforzado con apoyo militar y político. Tal acción indica que el concilio es superior a los papas, un hecho que fue posteriormente negado por los papas siguientes, pero que los estableció en su oficio y sucesión. Negar la autoridad de un concilio para deponer papas parecía negar la validez de su propia sucesión.

La reforma completa de la Iglesia Católica Romana, en su cabeza, y miembros, sin embargo, no podría completarse por concilios reformadores, pese a muchos esfuerzos durante cuarenta años. Los ocupantes del oficio papal en el medio siglo inmediato antes de la reforma constituyen una amplia evidencia de la necesidad de la reforma.


Compendio de la Historia Cristiana
Robert A. Baker