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PABLO ANTE LOS ROMANOS.

Complot contra Pablo - Pablo es enviado a Félix, el gobernador - Defensa de Pablo ante Félix - Pablo apela a César - Pablo ante Agripa y Berenice - Vida anterior de Pablo - Pablo insta a Agripa a creer - Pablo es enviado a Roma - La tempestad en el mar - Pablo en la isla de Malta - Pablo llega a Roma.


HECHOS 23:11

A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: “Sé valiente, Pablo, pues así como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma”.


COMPLOT CONTRA PABLO.

HECHOS 23: 12-22

Cuando llegó el día, los judíos tramaron un complot y se juraron bajo maldición, diciendo que no comerían ni beberían hasta que hubieran dado muerte a Pablo.  Eran más de cuarenta los que habían hecho esta conjuración.  Ellos fueron a los principales sacerdotes y a los ancianos, y les dijeron:

— Nosotros hemos jurado bajo maldición, que no gustaremos nada hasta que hayamos dado muerte a Pablo. Ahora, pues, vosotros con el Sanedrín solicitad al tribuno que le saque mañana a vosotros, como si tuvierais que investigar su caso con más exactitud. Pero nosotros estaremos preparados para matarle antes que él llegue.

Pero el hijo de la hermana de Pablo oyó hablar de la emboscada.  El fue, entró en la fortaleza y se lo informó a Pablo. Pablo llamó a uno de los centuriones y le dijo:

— Lleva a este joven al tribuno, porque tiene algo que comunicarle.

Entonces él le tomó, le llevó al tribuno y le dijo:

— El preso Pablo me llamó y me rogó que trajera este joven a ti, porque tiene algo que decirte.

El tribuno le tomó de la mano, y llevándolo aparte le preguntó en privado:

— ¿Qué es lo que tienes que decirme?

Y él dijo:

— Los judíos han acordado rogarte que mañana saques a Pablo al Sanedrín, como si fueran a indagar algo más exacto acerca de él. Pues tú, no les creas, porque más de cuarenta hombres de ellos le están preparando una emboscada. Se han jurado bajo maldición que no comerán ni beberán hasta que le hayan asesinado. Ahora están listos, esperando una promesa de parte tuya.

Luego el tribuno despidió al joven encargándole:

— No digas a nadie que me has informado de esto.


PABLO ES ENVIADO A FELIX, EL GOBERNADOR.

HECHOS 23: 23-35

Entonces el tribuno llamó a dos de los centuriones y dijo:

— Para la tercera hora de la noche, preparad 200 soldados, más 70 de caballería y 200 lanceros para que vayan a Cesarea.

A la vez, ordenó que proveyeran cabalgaduras para que Pablo montara, y le llevasen a salvo al procurador Félix. También escribió una carta en estos términos:

Claudio Lisias, al excelentísimo procurador Félix. Saludos.  Cuando este hombre fue prendido por los judíos y estaba a punto de ser muerto por ellos, yo le rescaté acudiendo con la tropa, habiendo entendido que era romano. Queriendo saber el delito por el cual le acusaban, le hice bajar al Sanedrín de ellos. Hallé que era acusado de cuestiones de la ley de ellos, pero sin ninguna acusación de crimen digno de muerte o de prisión.  Pero como se me informó que habría un complot contra el hombre, inmediatamente le envié a ti y he informado también a sus acusadores que declaren delante de ti lo que tienen contra él. Por tanto, de acuerdo con las órdenes que habían recibido, los soldados tomaron a Pablo y le llevaron de noche a Antípatris. Y al día siguiente, dejando que la caballería siguiera con él, regresaron a la fortaleza. Después de llegar a Cesarea y entregar la carta al procurador, presentaron también a Pablo delante de él.

El procurador leyó la carta y le preguntó de qué provincia era. Informado que era de Cilicia, dijo:

— Oiré tu causa cuando vengan tus acusadores. Y mandó que le guardaran en el Pretorio de Herodes.


DEFENSA DE PABLO ANTE FELIX.

HECHOS 24

Cinco días después, descendió el sumo sacerdote Ananías con algunos de los ancianos y un orador, un cierto Tértulo.  Ellos comparecieron delante del procurador contra Pablo. Y al ser llamado éste, Tértulo comenzó a acusarle diciendo:

— Puesto que gozamos de mucha paz, gracias a ti, y se están realizando reformas en beneficio de esta nación debido a tu prudencia, oh excelentísimo Félix, siempre y en todo lugar lo aceptamos con toda gratitud. Pero para no molestarte más largamente, te ruego que nos escuches brevemente, conforme a tu equidad. Porque hemos hallado que este hombre es una plaga, y es promotor de sediciones entre los judíos de todo el mundo y cabecilla de la secta de los nazarenos.  Intentó también profanar el templo, pero le prendimos.  Nosotros quisimos juzgarle conforme a nuestra ley. Pero intervino el tribuno Lisias y con gran violencia le quitó de nuestras manos, mandando a sus acusadores que se presenten delante de ti. Al examinarle, tú mismo podrás saber todas estas cosas de las que le acusamos.  También los judíos lo confirmaban, alegando que estas cosas eran así.

Entonces, cuando el procurador le dio señal para hablar, Pablo contestó:

— Sabiendo que por muchos años has sido juez de esta nación, con confianza expondré mi defensa. Tú puedes cerciorarte de que no hace más de doce días que subí a Jerusalén para adorar. No me hallaron disputando con nadie en el templo, ni provocando tumultos del pueblo, ni en las sinagogas ni en la ciudad. Tampoco pueden ellos comprobarte las cosas de las que ahora me acusan.  Sin embargo, te confieso esto: que sirvo al Dios de mis padres conforme al Camino que ellos llaman secta, creyendo todo lo que está escrito en la Ley y en los Profetas. Tengo esperanza en Dios, la cual ellos mismos también abrigan, de que ha de haber resurrección de los justos y de los injustos.  Y por esto yo me esfuerzo siempre por tener una conciencia sin remordimiento delante de Dios y los hombres. Pasados muchos años, vine para presentar donativos y ofrendas a mi nación.  Mientras hacía esto, unos judíos de Asia me hallaron purificado en el templo (no en tumulto ni con alboroto). Ellos deberían comparecer delante de ti y traer acusaciones, si es que tienen algo contra mí. O que digan éstos mismos qué delito hallaron cuando comparecí ante el Sanedrín, salvo que cuando estuve entre ellos lancé este grito: “¡Con respecto a la resurrección de los muertos yo soy juzgado hoy por vosotros!”.

Entonces Félix, estando bien informado acerca de este Camino, les aplazó diciendo:

— Cuando venga el tribuno Lisias, examinaré vuestro caso.

Dio órdenes al centurión de que Pablo fuese custodiado, pero que tuviera algunos privilegios y que no se impidiese a ninguno de los suyos atenderle. Algunos días después, vino Félix con Drusila su esposa, que era judía. Mandó traer a Pablo, y le oyó acerca de la fe en Cristo Jesús. Cuando Pablo disertaba de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero, Félix se llenó de miedo y respondió:

— Por ahora, vete; pero cuando tenga oportunidad, te llamaré.

A la vez, Félix esperaba también que se le diera algún dinero de parte de Pablo. Por eso le hacía venir con frecuencia y hablaba con él.  Pero al cabo de dos años, Félix recibió como sucesor a Porcio Festo, y queriéndose congraciar con los judíos, Félix dejó preso a Pablo.


PABLO APELA A CESAR.

HECHOS 25: 1-12

Tres días después de haber asumido el mando de la provincia, Festo subió de Cesarea a Jerusalén. Entonces los principales sacerdotes y los dirigentes de los judíos se presentaron ante él contra Pablo, y le rogaban pidiendo contra él, el favor de que le hiciese traer a Jerusalén. Mientras tanto, ellos preparaban una emboscada para asesinarle en el camino. Pero Festo respondió que Pablo estaba custodiado en Cesarea, y que en breve él mismo partiría para allá. Dijo:

— Los que puedan de entre vosotros desciendan conmigo; y si hay alguna falta en este hombre, acúsenle.

Después de detenerse entre ellos no más de ocho o diez días, descendió a Cesarea; y al día siguiente, se sentó en el tribunal y mandó que Pablo fuese traído.  Cuando llegó, le rodearon los judíos que habían descendido de Jerusalén, haciendo muchas y graves acusaciones contra él, las cuales no podían probar; mientras que Pablo decía en su defensa:

— En nada he pecado, ni contra la ley de los judíos, ni contra el pueblo, ni contra el César.

Pero Festo, queriendo congraciarse con los judíos, respondió a Pablo y dijo:

— ¿Quieres subir a Jerusalén para ser juzgado allí delante de mí acerca de estas cosas?.

Pablo respondió:

— Ante el tribunal del César estoy, donde me corresponde ser juzgado. A los judíos no he hecho ninguna injusticia, como tú muy bien lo sabes. Si estoy haciendo alguna injusticia o si he hecho alguna cosa digna de muerte, no rehúso morir; pero si no hay nada de cierto en las cosas de las que éstos me acusan, nadie puede entregarme a ellos. Yo apelo al César.

Entonces Festo, habiendo consultado con el consejo, respondió:

— Al César has apelado. ¡Al César irás!.


PABLO ANTE AGRIPA Y BERENICE.

HECHOS 25:13 - 26:3

Pasados algunos días, el rey Agripa y Berenice fueron a Cesarea para saludar a Festo.  Como pasaban allí muchos días, Festo presentó al rey el caso de Pablo, diciendo:

— Hay cierto hombre que ha sido dejado preso por Félix, con respecto a quien se me presentaron los principales sacerdotes y los ancianos de los judíos cuando subí a Jerusalén, pidiendo sentencia contra él. A ellos les respondí que no es costumbre de los romanos entregar a ningún hombre antes que el acusado tenga presentes a sus acusadores y tenga oportunidad de hacer su defensa contra la acusación. Así que, habiendo venido ellos juntos acá, sin ninguna demora, al día siguiente, me senté en el tribunal y mandé traer al hombre. Pero cuando se presentaron los acusadores, no trajeron ninguna acusación con respecto a él, de los crímenes que yo sospechaba. Solamente tenían contra él ciertas cuestiones acerca de su propia religión y de un cierto Jesús, ya fallecido, de quien Pablo afirmaba que está vivo. Yo, vacilante con semejante caso, le preguntaba si quería ir a Jerusalén y ser juzgado por estas cosas allí. Pero como Pablo apeló a quedar bajo custodia para la decisión de Augusto, mandé que le guardasen hasta que yo le enviara al César.

Entonces Agripa dijo a Festo:

— Yo también quisiera oír al hombre.

Y él dijo:

— Mañana le oirás.

Así que al día siguiente vinieron Agripa y Berenice con mucha pompa, y después que entraron en la sala de audiencias con los tribunos y los principales de la ciudad, fue traído Pablo por mandato de Festo. Entonces Festo dijo:

— Rey Agripa, y todos los hombres aquí presentes con nosotros: Mirad a este hombre, respecto del cual toda la multitud de los judíos ha recurrido a mí, tanto en Jerusalén como aquí, clamando a gritos que él no debe vivir más. Pero yo hallé que él no había hecho ninguna cosa digna de muerte, y habiendo apelado él mismo a Augusto, he determinado enviarle.  Pero no tengo nada de cierto que escribir a mi señor acerca de él.  Por esto le he traído ante vosotros, y especialmente ante ti, oh rey Agripa, para que después de examinarle, yo tenga algo que escribir. Porque me parece cosa no razonable enviar un preso sin indicar también las acusaciones contra él.

Luego Agripa dijo a Pablo:

— Se te permite hablar por ti mismo.

Entonces Pablo extendió la mano y comenzó su defensa:

— Me tengo por dichoso que haya de exponer hoy mi defensa delante de ti, oh rey Agripa, acerca de todas las cosas de las que soy acusado por los judíos; mayormente por ser tú conocedor de todas las costumbres y cuestiones de los judíos. Por lo tanto, te ruego que me escuches con paciencia.


VIDA ANTERIOR DE PABLO.

HECHOS 26: 4-23

Mi manera de vivir, desde mi juventud, la cual pasé desde el comienzo entre los de mi nación en Jerusalén, la conocen todos los judíos.  Ellos me conocen desde antes, si quisieran testificarlo, que conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión viví como fariseo. Y ahora soy sometido a juicio por la esperanza de la promesa que Dios hizo a nuestros padres, promesa que esperan alcanzar nuestras doce tribus sirviendo constantemente día y noche. ¡Por la misma esperanza soy acusado por los judíos, oh rey!  ¿Por qué se juzga increíble entre vosotros que Dios resucite a los muertos? Pues yo, a la verdad, había pensado que debía hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret; y esto hice en Jerusalén. Habiendo recibido autorización de los principales sacerdotes, yo encerré en cárceles a muchos de los santos; y cuando les mataban, yo di mi voto contra ellos.  Muchas veces, castigándoles en todas las sinagogas, procuraba obligarles a blasfemar; y enfurecido en extremo contra ellos, los perseguía hasta en las ciudades extranjeras.

En esto estaba ocupado cuando iba a Damasco con autorización y comisión de los principales sacerdotes.  En el camino a mediodía, oh rey, vi que desde el cielo una luz, más resplandeciente que el sol, alumbró alrededor de mí y de los que viajaban conmigo. Habiendo caído todos nosotros a tierra, oí una voz que me decía en lengua hebrea: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? ¡Dura cosa te es dar coces contra el aguijón!” Entonces yo dije: “¿Quién eres, Señor?” Y el Señor dijo: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate y ponte sobre tus pies, porque te he aparecido para esto: para constituirte en ministro y testigo de las cosas que has visto de mí y de aquellas en que apareceré a ti. Yo te libraré del pueblo y de los gentiles, a los cuales ahora yo te envío para abrir sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás a Dios, para que reciban perdón de pecados y una herencia entre los santificados por la fe en mí”.

Por lo cual, oh rey Agripa, no fui desobediente a la visión celestial. Más bien, primeramente a los que estaban en Damasco, y en Jerusalén y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, les he proclamado que se arrepientan y se conviertan a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento. A causa de esto, los judíos me prendieron en el templo e intentaron matarme. Pero habiendo obtenido auxilio de Dios, me he mantenido firme hasta el día de hoy, dando testimonio a pequeños y a grandes, sin decir nada ajeno a las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de suceder: que el Cristo había de padecer, y que por ser el primero de la resurrección de los muertos, había de anunciar luz al pueblo y a los gentiles.


PABLO INSTA A AGRIPA A CREER.

HECHOS 26: 24-32

Mientras él decía estas cosas en su defensa, Festo le dijo a gran voz:

— ¡Estás loco, Pablo! ¡Las muchas letras te vuelven loco!.

Pero Pablo dijo:

— No estoy loco, oh excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de cordura. Pues el rey, delante de quien también hablo confiadamente, entiende de estas cosas. Porque estoy convencido de que nada de esto le es oculto, pues esto no ha ocurrido en algún rincón.  ¿Crees, oh rey Agripa, a los profetas? ¡Yo sé que crees!.

Entonces Agripa dijo a Pablo:

— ¡Por poco me persuades a ser cristiano!.

Y Pablo dijo:

— ¡Quisiera Dios que, por poco o por mucho, no solamente tú sino también todos los que hoy me escuchan fueseis hechos como yo, salvo estas cadenas!.

Entonces se levantaron el rey, el procurador, Berenice y los que se habían sentado con ellos. Y después de retirarse aparte, hablaban los unos con los otros diciendo:

— Este hombre no hace ninguna cosa digna de muerte ni de prisión.  Y Agripa dijo a Festo:

— Este hombre podría ser puesto en libertad, si no hubiera apelado al César.


PABLO ES ENVIADO A ROMA.

HECHOS 27: 1-12

Cuando se determinó que habíamos de navegar a Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros presos a un centurión llamado Julio, de la compañía Augusta. Así que nos embarcamos en una nave adramiteña que salía para los puertos de Asia, y zarpamos. Estaba con nosotros Aristarco, un macedonio de Tesalónica. Al otro día, atracamos en Sidón; y Julio, tratando a Pablo con amabilidad, le permitió ir a sus amigos y ser atendido por ellos. Y habiendo zarpado de allí, navegamos a sotavento de Chipre, porque los vientos nos eran contrarios. Después de cruzar por alta mar frente a Cilicia y a Panfilia, arribamos a Mira, ciudad de Licia. El centurión encontró allí una nave alejandrina que navegaba a Italia, y nos embarcó en ella. Navegando muchos días despacio, y habiendo llegado a duras penas frente a Gnido, porque el viento nos impedía, navegamos a sotavento de Creta frente a Salmón. Y costeándola con dificultad, llegamos a un lugar llamado Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea. Puesto que había transcurrido mucho tiempo y se hacía peligrosa la navegación, porque también el Ayuno ya había pasado, Pablo les amonestaba diciendo:

— Hombres, veo que la navegación ha de realizarse con daño y mucha pérdida, no sólo de la carga y de la nave, sino también de nuestras vidas.

Pero el centurión fue persuadido más por el piloto y el capitán del barco, y no por lo que Pablo decía. Ya que el puerto era incómodo para pasar el invierno, la mayoría acordó zarpar de allí, por si de alguna manera pudiesen arribar a Fenice, un puerto de Creta que mira al suroeste y al noroeste, para invernar allí.


LA TEMPESTAD EN EL MAR.

HECHOS 27: 13-44

Como sopló una brisa del sur y les pareció que ya habían logrado lo que deseaban, izaron velas e iban costeando a Creta muy de cerca. Pero no mucho después dio contra la nave un viento huracanado que se llama Euraquilón.  Como la nave era arrebatada y no podía poner proa al viento, nos abandonamos a él y éramos llevados a la deriva. Navegamos a sotavento de una pequeña isla que se llama Cauda, y apenas pudimos retener el esquife. Y después de subirlo a bordo, se valían de refuerzos para ceñir la nave. Pero temiendo encallar en la Sirte, bajaron velas y se dejaban llevar así. Al día siguiente, mientras éramos sacudidos por una furiosa tempestad, comenzaron a aligerar la carga; y al tercer día, con sus propias manos arrojaron los aparejos del barco. Como no aparecían ni el sol ni las estrellas por muchos días y nos sobrevenía una tempestad no pequeña, íbamos perdiendo ya toda esperanza de salvarnos. Entonces, como hacía mucho que no comíamos, Pablo se puso de pie en medio de ellos y dijo:

— Oh hombres, debíais haberme escuchado y no haber partido de Creta, para evitar este daño y pérdida. Pero ahora os insto a tener buen ánimo, pues no se perderá la vida de ninguno de vosotros, sino solamente la nave. Porque esta noche estuvo conmigo un ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo, y me dijo: “No temas, Pablo. Es necesario que comparezcas ante el César, y he aquí Dios te ha concedido todos los que navegan contigo”.  Por tanto, oh hombres, tened buen ánimo, porque yo confío en Dios que será así como me ha dicho. Pero es necesario que demos en alguna isla.

Cuando llegó la decimocuarta noche, y siendo nosotros llevados a la deriva a través del mar Adriático, a la medianoche los marineros sospecharon que se acercaban a alguna tierra.  Echaron la sonda y hallaron veinte brazas. Pasando un poco más adelante, volvieron a echar la sonda y hallaron quince brazas. Temiendo dar en escollos, echaron las cuatro anclas de la popa y ansiaban el amanecer. Como los marineros procuraban huir de la nave, y echaron el esquife al mar simulando que iban a largar las anclas de la proa, Pablo dijo al centurión y a los soldados:

— Si éstos no quedan en la nave, vosotros no podréis salvaros.

Entonces los soldados cortaron las amarras del esquife y dejaron que se perdiera. Cuando comenzó a amanecer, Pablo animaba a todos a comer algo, diciendo:

— Este es el decimocuarto día que veláis y seguís en ayunas sin comer nada.  Por tanto, os ruego que comáis algo, pues esto es para vuestra salud; porque no perecerá ni un cabello de la cabeza de ninguno de vosotros.

Habiendo dicho esto, tomó pan, dio gracias a Dios en presencia de todos y partiéndolo comenzó a comer. Y cuando todos recobraron mejor ánimo, comieron ellos también. Eramos en total 276 personas en la nave. Luego, satisfechos de la comida, aligeraban la nave echando el trigo al mar. Cuando se hizo de día, no reconocían la tierra; pero distinguían una bahía que tenía playa, en la cual, de ser posible, se proponían varar la nave. Cortaron las anclas y las dejaron en el mar. A la vez, soltaron las amarras del timón, izaron al viento la vela de proa e iban rumbo a la playa.  Pero al dar en un banco de arena entre dos corrientes, hicieron encallar la nave. Al enclavarse la proa, quedó inmóvil, mientras la popa se abría por la violencia de las olas. Entonces los soldados acordaron matar a los presos, para que ninguno se escapara nadando; pero el centurión, queriendo librar a Pablo, frustró su intento. Mandó a los que podían nadar que fueran los primeros en echarse para salir a tierra; y a los demás, unos en tablas, y otros en objetos de la nave. Así sucedió que todos llegaron salvos a tierra.


PABLO EN LA ISLA DE MALTA.

HECHOS 28: 1-10

Una vez a salvo, supimos luego que la isla se llamaba Malta. Los nativos nos trataron con no poca amabilidad, pues nos recibieron a todos y encendieron un fuego a causa de la lluvia que caía, y del frío. Entonces, al recoger Pablo una cantidad de ramas secas y echarlas al fuego, se le prendió en la mano una víbora que huía del calor. Cuando los nativos vieron la serpiente colgada de su mano, se decían unos a otros: “¡Seguramente este hombre es homicida, a quien, aunque se haya salvado del mar, la justicia no le deja vivir!”  Entonces él sacudió la serpiente en el fuego, pero no padeció ningún mal. Mientras tanto, ellos esperaban que comenzara a hincharse o que cayera muerto de repente. Pero al pasar mucho tiempo esperando y al ver que no le pasaba nada malo, cambiaron de parecer y decían que era un dios. En aquellos lugares estaban las propiedades del hombre principal de la isla, que se llamaba Publio. Este nos recibió y nos hospedó de manera amistosa por tres días.  Aconteció que el padre de Publio estaba en cama, enfermo de fiebre y disentería. Pablo entró a donde él estaba, y después de orar, le impuso las manos y le sanó.  Después que sucedió esto, los demás de la isla que tenían enfermedades también venían a él y eran sanados. También ellos nos honraron con muchos obsequios, y antes que zarpáramos, nos abastecieron de las cosas necesarias.


PABLO LLEGA A ROMA.

HECHOS 28: 11-31

Así que, después de tres meses, zarpamos en una nave alejandrina que había invernado en la isla y que tenía por insignia a Cástor y Pólux. Habiendo arribado a Siracusa, estuvimos allí tres días.  De allí, costeando alrededor, fuimos a Regio; y un día después se levantó el viento del sur, y llegamos al segundo día a Puteoli. Allí hallamos hermanos y fuimos invitados a quedarnos con ellos siete días. Y de esta manera llegamos a Roma. Al oír de nosotros, los hermanos vinieron hasta la plaza de Apio y las Tres Tabernas para recibirnos. Pablo, al verlos, dio gracias a Dios y cobró ánimo. Cuando llegamos a Roma, a Pablo le fue permitido vivir aparte, con un soldado que le custodiaba. Aconteció que, tres días después, Pablo convocó a los que eran los principales de los judíos, y una vez reunidos les dijo:

— Hermanos, sin que yo haya hecho ninguna cosa contra el pueblo ni contra las costumbres de los padres, desde Jerusalén he sido entregado preso en manos de los romanos. Habiéndome examinado, ellos me querían soltar porque no había en mí ninguna causa digna de muerte. Pero como los judíos se oponían, yo me vi forzado a apelar al César, no porque tenga de qué acusar a mi nación.  Así que, por esta causa os he llamado para veros y hablaros, porque por la esperanza de Israel estoy ceñido con esta cadena.

Entonces ellos dijeron:

— Nosotros no hemos recibido cartas de Judea tocante a ti, y ninguno de los hermanos que ha venido ha denunciado o hablado algún mal acerca de ti.  Pero queremos oír de ti lo que piensas, porque nos es conocido acerca de esta secta, que en todas partes se habla en contra de ella.

Habiéndole fijado un día, en gran número vinieron a él a donde se alojaba. Desde la mañana hasta el atardecer, les exponía y les daba testimonio del reino de Dios, persuadiéndoles acerca de Jesús, partiendo de la Ley de Moisés y de los Profetas. Algunos quedaban convencidos por lo que decía, pero otros no creían.

Como ellos no estaban de acuerdo entre sí, se iban cuando Pablo les dijo una última palabra:

— Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías a vuestros padres, diciendo: Vé a este pueblo y diles: “De oído oiréis y jamás entenderéis; y viendo veréis y nunca percibiréis”.  Porque el corazón de este pueblo se ha vuelto insensible y con los oídos oyeron torpemente. Han cerrado sus ojos de manera que no vean con los ojos, ni oigan con los oídos, ni entiendan con el corazón, ni se conviertan. Y yo los sanaré. Sabed, pues, que a los gentiles es anunciada esta salvación de Dios, y ellos oirán.

Y cuando él dijo estas cosas, los judíos se fueron, porque tenían una fuerte discusión entre sí. Pablo permaneció dos años enteros en una casa que alquilaba. A todos los que venían a él, les recibía allí, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, con toda libertad y sin impedimento.


Reina Valera Actualizada